Juan 10:10: “El ladrón no viene sino para HURTAR y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.
En el devocional de ayer definí la palabra Hurtar. Dijimos que hurtar era tomar o retener bienes ajenos contra la voluntad de su dueño, pero sin hacer uso de la violencia.
Y esta definición es muy interesante, porque deja entrever que en la naturaleza del hurto no está el usar la fuerza para despojar a la víctima, sino aprovecharse de las circunstancias que otorga la víctima.
Trabajando con personas, escuchando sus problemas, me he podido percatar que la gran mayoría de sus aflicciones no viene como resultado de algo estrepitoso que haya acontecido de un momento a otro, sino más bien como producto de haber sido descuidado (negligente) con esas áreas por un tiempo significativo.
A causa de estar ocupados somos muy susceptibles de dejar de hacer cosas importantes.
¡¡Tanto se ha hablado de lo importante y lo urgente!!
De cuan vital es no postergar lo importante por atender continuamente a cosas urgentes.
Si todo el tiempo estamos apagando pequeños fuegos, nunca llegamos a ocuparnos del incendio, que es lo que realmente importa.
Quiero decir que muchas de las cosas que nos duelen y afligen no llegaron con violencia hasta nosotros, como tampoco en los hurtos se usa la violencia.
Más bien, se fueron abriendo paso de manera lenta pero sostenida.
Lo que hace exitoso un hurto no es la violencia del asaltante sino el elemento sorpresa.
El ataque sorpresivo, inesperado es desconcertador para quien lo recibe.
Aquello que nos toma por sorpresa, suele ser devastador.
Hay temas (áreas) que descuidamos de manera continua y curiosamente cuando el problema se nos vino encima, nos sentimos sorprendidos
¿Debería sorprendernos? Pienso que no.
Como sea, intencionadamente o no, el ladrón aprovechará nuestro descuido para atacar.
El delincuente estudia y espera el momento preciso.
En el caso de los hurtos el delincuente suele seguir a la futura víctima, que ha sido previamente seleccionada.
Prima en este criterio de selección, notar que la víctima se encuentre descuidada, esto es, atendiendo otras cosas.
Muchos de los problemas que surgen al interior del matrimonio, por ejemplo, no los percibimos como tales.
Es solo una vez que la bomba estalló (digamos, que el ladrón hurtó) que nos damos cuenta que estábamos ocupados atendiendo otros asuntos, y no alcanzamos a notar que algo estaba siendo descuidado en este ámbito de modo continuo.
Lo mismo es cierto en las relaciones con los hijos.
No pretendo ser crítico con los padres (¡¡vaya que desafío es serlo!!) sino más bien reflexivo con hechos objetivos, y estos revelan que hay una crisis comunicacional en las relaciones entre padres e hijos.
Las razones son variadas. Pero el común denominador es el descuido de esta relación.
Podemos ser extraños viviendo en la misma casa.
A veces como padres, colocamos nuestras expectativas tan por encima de los reales intereses de nuestros hijos que no llegamos a percatarnos que estamos intentando hacerles vivir una vida que para nada es consecuente con sus intereses.
No es raro oír a los muchachos quejarse de que sus padres no les escuchan (y créame que yo creo firmemente que a algunos lo único que les falta es una buena corrección) pero hay tantos que legítimamente se sienten abandonados por sus progenitores.
Encuentran refugio, además de oídos prestos a escucharles, donde nosotros como padres menos quisiéramos, pero ¿qué se puede esperar si cada vez que nos comparten sus cosas (no las que nos gustaría escuchar) los censuramos y criticamos?
¿Quién quiere conversar con alguien que termina cada conversación en un sermón?
Perdemos los mejores momentos con nuestros hijos por estar tan prestos a sermonearlos cada vez que tenemos oportunidad.
El ladrón verá en esto una oportunidad formidable para robar y no lo hará por medio de la fuerza, sino con sutileza.
Usando el factor sorpresa de repente veremos que hemos perdido a nuestros hijos.
El grupo de la esquina los habrá ganado.
Nos quejamos de que nuestros hijos se la llevan en el computador, en las redes sociales, en el chat y cuando tenemos oportunidad de hablar con ellos, queremos que ellos hablen de las cosas que A NOSOTROS nos parecen o agradan.
¿Debería sorprendernos que prefieran estar en el chat donde pueden ser auténticos?
No debemos olvidar: “el ladrón vino para hurtar, pero él sólo hurtará lo que nosotros le permitamos, lo que nosotros descuidemos y entreguemos en sus manos. Continuará…
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Juan 10:10: “El ladrón no viene sino para HURTAR y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.
Uno de los principales problemas de nuestras sociedades es la relacionada con la falta de seguridad social.
Muchos viven en constante angustia a causa de la proliferación de la maldad social en las urbes.
Incluso los sectores que solían caracterizarse por ser más tranquilos no se escapan de los hurtos.
Para entender mejor la idea, es conveniente definir la palabra.
Hurtar es “tomar o retener bienes ajenos contra la voluntad de su dueño, pero sin hacer uso de la violencia”
Los hurtos son pan de cada día en ciudades como Santiago de Chile.
La falta de medidas verdaderamente ejemplares contra los delincuentes sólo les proporcionan a estos una plataforma más amplia para cometer sus fechorías.
El descontento social, tiene en este sentido, razones más que justificadas. Y si alguna vez las sociedades han de ser justas, no será en nuestros días. Porque mientras el temor de Dios y Su palabra no sean centrales, no habrá justicia verdadera.
Pero hay algo que deseo establecer con fuerzas en esta reflexión y es que el ladrón solo puede hurtar cuando le damos la oportunidad.
En otras palabras: “sólo nos roba lo que le permitimos robar”. Solo nos roba aquello que descuidamos.
El hurto como ya definí es el acto de tomar bienes ajenos sin usar violencia.
Los delitos más comunes son de este tipo, en que el delincuente busca a algún transeúnte desprevenido para arrebatarle con rapidez algún objeto de valor.
Como las tecnologías han cambiado, el espectro de objetos que se pueden hurtar ha crecido.
Hace algunos años, esto estaba estrictamente limitado al hurto de maletines, portafolios, carteras y joyas que las personas llevaban puestas. Pero hoy en día, hay otros elementos codiciables. Me refiero a computadores portátiles, celulares, mp3s y otros similares.
Los métodos también han cambiado y se emplean con astucia artimañas para engañar a las víctimas.
¡¡Es que el ingenio da para mucho!!
Lo que no cambia es el patrón que posibilita estos delitos, y este es el descuido.
La idea es simplemente que el ladrón robará “lo que uno le permita robar”.
El ladrón aprovechará “nuestro descuido” para tomar aquello que nos pertenece.
¿Con cuántas cosas importantes de la vida somos descuidados?
Descuidamos nuestras relaciones. Somos descuidados en la administración de los recursos, somos descuidados con nuestra vida espiritual.
¿Qué hará el ladrón con esos descuidos? Lógicamente aprovechará las oportunidades que le brindemos para tomar lo que pueda tomar.
Muchos padres sufren por sus hijos, si bien, fueron han sido descuidados con ellos. No han cultivado una relación. Se han limitado a ser buenos proveedores solamente.
Otros lamentan la ruptura de su relación amorosa, pero descuidaron al otro. No le dieron tiempo, ni cuidado y de repente, un día se encontraron sin el otro.
Lo mismo pasa con lo espiritual.
Cuando dejamos de lado la comunión Dios, cuando dejamos de considerar la palabra de Dios y sus principios, el resultado esperable es que “perdamos algo” en términos espirituales.
Francamente no podemos esperar tener una comunicación fluida con alguien con quien no nos relacionamos más que esporádicamente.
Por ello considero oportuna esta reflexión: el ladrón hurtará lo que tengamos descuidado.
Y estoy seguro de que tu concordarás conmigo en que hay cosas que no se deben descuidar.
Aunque no esté en la biblia, el popular dicho tiene mucho de cierto: “la ocasión hace al ladrón”.
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Mateo 27:31 “Después de haberle escarnecido, le quitaron el manto, le pusieron sus vestidos, y le llevaron para crucificarle”.
¿Cuántas veces has sentido ganas de tirar la toalla?
Sobre todo, cuando, por más que nos esforzamos las cosas no resultan, somos tentados a abandonar la tarea porque nos cansamos de insistir.
En los diversos roles que nos toca cumplir, no es raro sentirnos frustrados cuando las cosas no nos resultan o cuando no logramos los resultados que esperamos.
A todo nivel, ya sea como padres, en nuestra relación conyugal, en nuestro desempeño laboral o profesional, y también en la vida cristiana, nos enfrentaremos a situaciones que nos pondrán en la encrucijada de si tiramos o no la toalla.
Pienso que en la vida cristiana es donde más fuerte sentimos esta tentación.
No debemos nunca perder de vista que los cristianos tenemos un enemigo declarado, uno cuyo objetivo es convencernos de que no somos lo suficientemente buenos para satisfacer los requerimientos de la vida cristiana.
Este enemigo archiconocido, se ha tomado como una tarea personal contra los cristianos el convencernos para que tiremos la toalla y abortemos el plan de Dios.
Su plan normalmente contiene la idea de desanimarnos y para ello ocupa toda clase de artimañas. De ellas, quizá la que más dividendos le produce es la de llevarnos a poner la mirada en nosotros mismos (ya sea para bien o para mal) y así quitarla del Señor, quien es nuestro verdadero baluarte y sostén.
¿Cuántas veces hemos dejad0 de seguir al Señor en algo, por haber caído en esta trampa? ¡¡Muchas, sin duda!!
Por extraño que parezca al enemigo le va muy bien con esta estrategia.
Muchos han sido convencidos que la vida cristiana no era para ellos. Ya sea porque eran demasiado malos para esa clase de vida o por el contrario, creer que son lo suficientemente buenos como para necesitarla.
Así como no debería extrañarnos encontrar obstáculos en nuestro deseo de seguir a Cristo, tampoco debería extrañarnos que el enemigo intente persuadirnos a tirar la toalla, a abandonar la fe, y dejar el camino de Dios.
Nuestro mejor ejemplo en esto es Cristo mismo. El sufrió toda clase de detracciones, pero jamás claudicó y aunque alguno podrá decir: “bueno, pero era Jesús”, frente a ello puedo agregar que Jesús nunca se aferró a su porte de ser Dios.
Lo que hizo, lo hizo como hombre semejante a nosotros, sujeto a nuestras mismas debilidades. Y logró acabar la carrera en victoria y en esto radica su mayor mérito.
Una de las cosas que le hicieron vencer fue este entendimiento. Jesús sabía que el enemigo era un engañador que intentaría (nos consta que lo hizo) persuadirlo a abandonar el plan divino, a tirar la toalla.
Jesús nos ofrece un magnífico ejemplo de perseverancia.
El debió cargar esa cruz, después de haber padecido mucho a causa de los castigos físicos que le propinaron los centuriones romanos, expertos en el arte de hacer sufrir a los condenados a la cruz.
Nuestro Señor se mantuvo en pie hasta que ya no pudo más, pero ¡¡jamás soltó la cruz!!
Debo decir que Jesús cayó bajo el peso de la cruz pero nunca se deshizo de ella. Él no claudicó, no tiró la toalla.
Muchas veces sentimos que el peso de las circunstancias nos trae abajo, pero Dios siempre sabe enviarnos la ayuda necesaria para acabar lo que empezó en nosotros.
Hay un hermoso canto de un hermano que dice “mi trabajo es creer”, y creo que él tiene toda la razón.
Nuestro trabajo es creer (no dudar) que Dios sabe lo que está haciendo. Creer que Él es poderoso para acabar lo que comenzó en nosotros, y creer que nuestro trabajo es mantenernos junto a Él hasta el fin.
Los cristianos tenemos prohibido tirar la toalla porque en verdad, ¡no hay necesidad de hacerlo!
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1 Pedro 4:12 “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese”
Es curioso, pero en muchas ocasiones nos complicamos con situaciones que no deberíamos complicarnos.
Ciertas cosas, siguiendo su curso natural, resultan en lo que deben resultar.
Por ejemplo, no es raro que un médico reciba en su consulta la visita de personas enfermas, personas que padecen molestias relacionadas con la salud.
Nos parecería muy raro que un doctor se molestara por recibir pacientes enfermos. Los médicos están para ayudar a las personas que presentan problema de salud ¿verdad?
Siguiendo esta lógica de pensamiento, los cristianos muy frecuentemente nos complicamos por causa del maligno.
Particularmente nos complicamos cuando el maligno se nos pone por delante para obstaculizarnos en nuestro andar con Dios.
Pero ¿por qué complicarnos con esta situación que simplemente responde a la naturaleza de lo que diablo es y de su función como adversario de Dios y de quienes le quieren obedecer?
Los cristianos nos desanimamos cuando el enemigo se nos pone por delante, en lugar de entender que eso es algo tan básico, tan normal, tan natural de nuestra peregrinación como hijos de Dios sobre esta tierra, como el que umedico atuebnda a gente enferma
Es como si los cristianos nos rehusáramos a tener problemas.
Tal vez esto ocurra como el resultado del mensaje equivocado que se ha entregado desde algunos púlpitos.
He oído predicadores decir: “si quieres que tus problemas se resuelvan, debes venir a Cristo”.
Nuestros problemas no se resuelven por venir a Cristo. La verdad es que en muchos casos nuestros rbolemas comienzan cuando venimos a Cristo.
Lo que Cristo hace es resolver nuestro problema con Dios en relación con nuestros pecados.
Cuando venimos a Cristo, Él se hace cargo de los cargos que hay contra nosotros a causa de la vida pecaminosa que hemos llevado.
En ese sentido, Cristo soluciona nuestro problema, pero en cuanto a las demás cosas, ellas no se resuelven simplemente por venir a Cristo (hablaré de esto en otra ocasión, Dios mediante)
Sin embargo, el asunto es que no debería sorprendernos tener problemas a causa de seguir al Señor, porque seguir al Señor tiene como resultado natural el que tengamos problemas. Sería insensato pensar que el diablo nos va a dejar acercarnos a Dios sin problemas, cuando su trabajo es precisamente ese: obstaculizarnos en nuestro acercamiento a Dios para que el plan divino no se llegue a completar en nosotros.
De tal manera que no debe extrañarnos sentir oposición tener obstáculos. Más bien deberíamos estar preparados anímicamente para encontrarnos con tal clase de situaciones.
Sé que no podemos manejar todas las variables, pero el elemento sorpresa suele ser muy efectivo cuando de desanimar se trata. Si no estamos mentalizados con la idea que el enemigo intentará detenernos y desanimarnos, lo más seguro es que logre hacerlo.
Por obvio que parezca, muchos cristianos sinceros se sienten desaminados cuando el enemigo se les pone en frente.
¿No deberíamos estar armados con el pensamiento que tal clase de oposición será cosa común?
Curiosamente muchos hermanos se sienten entristecidos cuando esto ocurre. A veces llegan a cuestionar incluso la fidelidad de Dios.
Muchos se conjeturan cómo es que el enemigo pueda pararse en medio para impedirles hacer la voluntad. ¡¡Si eso es lo que el diablo siempre ha tenido por propósito hacer!!
Francamente hay mucho que decir sobre este asunto, pero por lo pronto solo quisiera dejar en tu corazón este pensamiento: “hay cosas no nos deberían sorprender por ser “gajes del oficio” de ser discípulos del Señor”.
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Génesis 5:22-24 “Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios”.
Nadie podría estar en desacuerdo con la que idea que vivimos tiempos muy complicados en todo el sentido de la palabra
Son tiempos desfavorables para las sociedades, para las economías, y también para la fe y frente a tiempos como estos es fácil justificarse para ceder y hacer lo que todos los demás están haciendo.
Precisamente a causa de las circunstancias es fácil justificarse en las circunstancias.
Los hombres han bajado los estándares de la moral porque “los tiempos son difíciles” (dicen ellos), y por tanto, hay razones para hacerlo.
¿Cuántas personas justifican lo injustificable basándose en las cosas que ocurren alrededor?
Gente que justifica los desórdenes callejeros porque después de todo, la gente tiene derecho a expresarse y exigir sus derechos.
Gente que justifica las muertes de otros (como ocurre en los miles de abortos) porque tienen derecho a realizarse y esa criatura no estaba en los planes, vino como producto de un acto irresponsable, del desenfreno o de un mal cálculo en las fechas.
Gente que aprovecha las instancias de poder en las que están, para despojar a las naciones y pueblos que deberían servir (eso incluye lo que muchos pseudo ministros de Dios hacen en las congregaciones que dirigen).
Tantas cosas se podrían escribir y no saldrían de este contexto: “los tiempos son malos, son complejos”.
Pero claramente eso no es justificación, mucho menos para quienes tenemos la fe puesta en Dios, para quienes tenemos la vida de Cristo como nuestro ejemplo de vida.
Nuestro texto habla de un hombre llamado Enoc y los versículos aledaños al texto, describen la condición de los hombres y de la sociedad en el tiempo en que Enoc vivió.
Eran definitivamente tiempos complejos, por decir lo menos.
¿Qué clase de tiempo eran?
Bueno, eran tiempos de revolución sexual (Lamec tenía dos mujeres), eran tiempos de migración (sociedad nómade), eran tiempos de producción y manufactura (en que se trabajaban metales como el bronce y el hierro), era una época musical (en la que Jubal fue mentor de flautistas y arpistas) y, por cierto, eran tiempos muy violentos!! (tiempos de odio y de venganza)
En medio de esa clase de sociedad, Enoc, séptimo desde Adán, se mantuvo del lado correcto.
En medio de la violencia, de la revolución sexual existente, de los cambios y avances de su época, este varón se propuso caminar junto a Dios.
Como muestra de Su aprobación, Dios se lo llevó. ¡¡Qué gran ejemplo de lo que será el arrebatamiento de los santos descrito por el apóstol Pablo!!
Es importante hacer notar aquí que Enoc (a diferencia de muchos creyentes contemporáneos nuestros) no camino PARA Dios solamente, sino que caminó CON Dios.
¡¡Qué clave resulta entender este precepto!!
Nuestra frecuente tentación es hacer algo y luego esperar que Dios esté contento con nosotros por haberlo hecho.
Pero así no es como funcionan las cosas en el Señor.
Dios se agrada cuando actuamos sobre la base de Su Voluntad. Cuando nos involucramos en planes y proyectos con los que Él está involucrado.
Me parece justo recordarnos que para Dios siempre será mejor la obediencia que los sacrificios.
Los tiempos malos en que Enoc vivió no fueron excusa para impedirle caminar con Dios.
En medio de todo, Enoc caminó en Amor, en Verdad y en Fe. ¡¡Enoc caminó en el Espíritu!!
Para mi Enoc es un tipo de la iglesia. De la iglesia de Jesucristo que es arrebatada.
Los que andan en el Espíritu serán arrebatados para estar para siempre con el Señor.
La manera de poder estar CON el Señor en el cielo es caminando CON el Señor aquí en la tierra.
Creo que hay en esto, algo importantísimo sobre lo cual meditar: “mientras que la clave es caminar CON Dios, nosotros hemos encontrado en las justificaciones una clave para NO ANDAR CON ÉL”.
Un día que debía ser como cualquier otro, Enoc estaba caminando con Dios. La gente seguía en lo suyo: los hombres buscando tener sus mujeres, los músicos ocupados en su música, otros ocupados en sus negocios y quehaceres... pero de repente Enoc, ya no estuvo más.
No había estado haciendo nada especial, sólo lo que acostumbraba hacer “caminar junto a SU Dios” y Su Dios se lo llevó.
No sabemos a qué hora Dios nos vaya a llamar a SU Presencia pero que bueno sería, que nos encontráramos como Enoc, ¡¡caminando con Él!!
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Mateo 13:57 “Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa”.
¡¡Qué fuerte afirmación hace aquí el Señor y cuán cierta también!!
Que penoso es para alguien cuando las personas de las cuales desearía recibir reconocimiento por sus méritos o trabajo no lo hacen.
De poco sirve que todo el mundo pueda valorar sus virtudes si aquellos de los cuales se espera tal reconocimiento no lo conceden.
Por supuesto, no debemos esperar adoración. ¡¡Eso le pertenece a Dios solamente!! Pero una palabra de gratitud, de estímulo es tremendamente inspiradora y reconfortante.
Tal vez el aliciente más grande que uno pueda tener es que las personas reconozcan el esfuerzo y trabajo que uno realiza.
Jesús puso el dedo en la llaga cuando afirmo que un profeta no era reconocido en su tierra ni entre sus parientes.
Hay personas que explican esto en virtud de los defectos que los más cercanos pueden ver en uno. Pero ¿cuántos defectos se podían encontrar en la vida de Jesús?
La verdad es que tu no necesitas tener muchos defectos para que las personas no reconozcan lo que haces, su sola incapacidad de reconocer es suficiente.
Muchos padres se sienten frustrados cuando de sus hijos solo reciben críticas.
Muchos hijos se sienten airados contra sus padres porque de ellos solo reciben quejas.
Muchos cónyuges tienen serios problemas maritales porque el otro carece de la capacidad de valorar sus esfuerzos, y trabajo.
A menudo sentimos que nosotros hacemos el trabajo difícil y que el otro no. Nos confundimos con este modelo de hacer 50 y 50 por ciento del trabajo.
Es cierto que yo hago el 10 y el otro el 90, en algunas cosas, pero en otras, yo hago el 90 y el otro solamente el 10.
La manera en que determinamos este tema no siempre es el más salomónico u objetivo, pero más concretamente, gran parte de los problemas que enfrentan algunos matrimonios se originan en que sienten que el otro no valora o no reconoce su aporte.
Es precisamente en casa donde ese profeta (llámese esposa, esposo) no recibe honra sino que se queda sin el merecido reconocimiento.
No reconocer es derechamente un pecado muy feo y común, porque implica no darle a quien lo merece, aquello que es justo.
La falta de reconocimiento es una injusticia, y la injusticia es una muy común manera de pecar.
Hay miles de personas heridas en todo el mundo por culpa de alguno que fue (y sigue siendo) incapaz de reconocer su quehacer.
El profeta, como tal, tiene la gran responsabilidad de transmitir un mensaje que no siempre es bien recibido. Su mensaje es uno de corrección, de regreso a la voluntad de Dios.
Las personas se escandalizan con tal clase de mensaje.
Todos quieren oír un mensaje alentador: que Dios está cercano para ayudarnos y socorrernos en nuestras angustias, por ejemplo, pero son pocos los que quieren el paquete completo, el cual incluye la corrección y reprensión del Señor cuando nos desviamos de Su camino.
La gente se escandalizaba de Jesús y no eran los ajenos a Él, sino sus coterráneos, quienes supuestamente mejor le conocían en su fuero humano.
No importa si sea contra Jesús o contra cualquier otra persona: no reconocer, no dar honra a quien lo merece es una falta, un pecado y Dios desea que hagamos algo al respecto.
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Hechos 5:32 “Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen”.
Según podemos ver por las evidencias que entregan los hechos cotidianos, para la mayoría de las personas hacer la voluntad de Dios no es un asunto relevante.
Para la mayoría de las personas es relevante contar con la ayuda de Dios para la realización de sus proyectos, pero no planificar sus proyectos basados en la voluntad de Dios.
De aquí surgen una serie de complicaciones que son el producto de escoger por nosotros mismos.
Para hacer más comprensible esta idea creo que una ilustración puede ser muy útil.
¿Qué pensarías tú si un constructor que sabe muy bien cómo pegar ladrillos, hacer mezclas (y que puede tener muchas nociones de cómo edificar) abandonara el plano del arquitecto y se embarcara siguiendo un plan propio en la construcción de tu casa?
Honestamente pienso que uno no viviría en esa edificación con la misma confianza que si hubiese sido edificada apegada al plano arquitectónico.
Así, vivir en base a nuestro propio plan, concede riesgos que de otro modo se evitarían si siguiéramos el plan divino.
Pero ahora, en el caso de aquellos que ya saben cuál es el diseño del plan de Dios para sus vidas, lo que queda es actuar.
Por razones que seguramente son atribuibles a nuestra humana naturaleza, nos cuesta actuar en base a lo que ya sabemos es correcto.
He oído a muchas personas decir: “si tan solo supiera lo que Dios desea de mi”.
Frente a lo cual muchas veces respondo: “tú crees que tu problema es no saber lo que Dios quiere, pero (me he dado cuenta que) el verdadero problema comienza cuando ya sabemos lo que Él espera de nosotros”.
Es ahí cuando viene la oposición, la que (dicho sea de paso) no siempre viene del enemigo. Muchas veces viene de nuestra parte.
Hay un tiempo en que Dios trabaja en nosotros, preparándonos para la tarea que va a encomendarnos. Dios es un Dios de anticipación.
Aun antes que el problema del pecado surgiera, Él ya tenía una solución para ese problema.
El apocalipsis es una magnífica prueba de la capacidad de anticipación que Dios tiene sobre las problemáticas terrenales del hombre, su alma y el destino eterno de esta.
Dios tiene bajo control todas las variables necesarias. Así que el problema es nuestra respuesta.
Frente a la voluntad revelada de Dios pocas veces respondemos con obediencia y acción inmediatas.
A veces preferimos poner el tema en oración. Otras veces escogemos tomar un tiempo para replantearnos la situación y evaluar lo que haremos. Pero tal parece que ese es el camino equivocado.
Tampoco Dios espera que actuemos precipitadamente o de manera alocada. Actuar de ese modo genera muchos conflictos y trae como resultado muchas experiencias dolorosas.
Hay tiempo para todo, y una vez que Dios nos ha dado a conocer lo que desea, nuestra mejor respuesta (la única que Él desea recibir) es actuar en base a ese conocimiento, a esa voluntad.
Así, queridos lectores, cuando hayamos sido persuadidos por el Señor de cuál es su voluntad para nosotros, lo que debemos hacer es movernos para hacer.
Hay momentos para esperar, orar y buscar dirección pero una vez que Dios nos ha hablado, es tiempo de levantarnos, actuar y ver como Dios produce, por medio de nuestra obediencia, Su buena voluntad.
De esto no hay que arrepentirse. Esto es lo que hay que hacer.
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Lucas 5:16 “Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba”.
En la actualidad, por causa del estilo que impone la vida actual, normalmente agitada, cargada de muchas actividades, se hace cada vez más difícil apartarse para orar.
Las personas nos vemos envueltas en el carril de alta velocidad de esta vida moderna, y no cuesta un mundo, conseguir ese tan necesario tiempo para a estar a solas con nosotros mismos, a solas con Dios.
Los compromisos laborales y familiares, las tareas de los hijos, las compras, y otra veintena de otras importantes, nos dejan casi sin tiempo para a estar a solas, y hacer oración.
Creo que la palabra del Señor establece con mucha claridad que Dios no espera que seamos religiosos en nuestro acercamiento a Él.
Sin duda lo que Dios quiere es que tengamos comunión con Él, más allá de si estamos en un lugar apartado. Pero nio sería justo restarle la importancia a lo que Jerspus nos ensela aquí.
El apartarse sugiere la necesidad de poder estar en comunión con Dios sin ser interrumpidos por la presencia de otros o por las demandas de otros.
Una persona que haya de verdad intentado buscar a Dios en oración, habrá comprobado de manera personal, que en esta empresa nos encontramos con muchas oposiciones.
Tú nos serás tan interrumpido cuando quieras sentarte a ver una película, o divertirte haciendo cualquier otra cosa, como cuando hayas decidido tomar un tiempo para orar al Señor.
Las distracciones e interrupciones más impensadas se harán presentes.
¡¡Es que la oración es demasiado importante!!
Tener un cuchillo sin filo es casi tan inservible como no tener uno. Tú necesitas llevar ese viejo cuchillo a una persona que pueda darle el filo que necesita.
No estoy pensando en usar ese cuchillo para dañar a alguien sino para que realmente sirva su razón de ser que es cortar o rebanar.
La oración produce en nosotros ese filo, esa efectividad.
Cuando abandonamos la oración empezamos a actuar sobre la base de nuestra prudencia, de nuestra humanidad, y un cristiano debería saber que si ha nacido dos veces, no es para seguir viviendo gobernado por una mentalidad terrenal.
Si bien estamos en este mundo no somos de este mundo. No deberíamos buscar conformarnos a este mundo.
Otra vez Dios lo dice: “si habéis resucitado con Cristo, poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”
¿Cómo se logra esto? En gran medida se logra cultivando una vida de oración.
Y una buena vida de oración se alcanza apartándonos como lo enseña Jesús aquí.
Nos sorprende la claridad de mente con la que Jesús actuaba, la firmeza de su doctrina, su dominio propio, su inalterable compromiso en transmitir la voluntad del Padre, costara lo que costara.
Bueno, todo ello (claro está), no es producto de la suerte o de la casualidad.
Muchos deseamos tener lo que Cristo tenía, pero no estamos dispuestos a pagar el precio que Él pagaba, me refiero a su disciplina.
Decimos no tener tiempo para orar, pero no nos falta el tiempo para sentarnos frente al televisor a mirar un programa que dura una hora o más.
Podemos estar todo ese tiempo entretenidos frente al televisor, pero no entregamos, proporcionalmente hablando, el mismo tiempo a la oración.
¡¡Y luego nos sorprende por qué nuestra espiritualidad es tan baja!!
Si hay alguien que tenía mucho trabajo era Jesús.
Piensa por un momento en todas esas personas enfermas, endemoniadas, leprosas, hambrientas, aquejadas de diversos males, que lo buscaban porque veían en él, la oportunidad de sus vidas para salir de sus desgracias y males.
No es raro que tuviera que apartarse, buscar un lugar lejos de la multitud, lejos de toda la gente que venía a él en busca de un milagro, de su ayuda, para así poder dedicarse a la oración
Jesús entendía que la oración era más que algo bueno para hacer, era parte de su misión, un aspecto fundamental para ser exitoso en llevar adelante el propósito celestial.
Las cosas más maravillosas que vemos ocurrir en la palabra de Dios vienen como respuesta a la oración de alguno, ya sea de Cristo, de un padre o una madre afligidos por la situación de sus hijos, de un hombre o mujer enfermos, lo que sea, las grandes maravillas, incluyendo la liberación de Israel de su esclavitud y la redención misma del hombre, son resultado de la oración de alguno, de la obediencia de alguno.
¿Podemos darnos el lujo de no orar? Yo creo que no.
¿Qué piensas tú?
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Mateo 7:5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
Toda la palabra de Dios está cargada de profundas y valiosísimas lecciones.
Como he repetido en variadas oportunidades, nosotros no prestamos suficiente atención a esas lecciones y en lugar de evitar los problemas, pasamos por ellos, teniendo que asumir los costos.
Pero hoy día quisiera referirme a un tema no menor en importancia. Esto es: el juzgar a los demás.
Antes que todo, debo señalar que cotidianamente estamos emitiendo juicios. Ninguno de nosotros se escapa de esta necesidad de tener que evaluar situaciones, lugares, personas, actitudes, instituciones, movimientos y otros asuntos.
Muchas veces durante el día nos vemos en la necesidad de tener que evaluar (juzgar) alguna situación dada.
He conocido a muchas personas que tienen como norma “no juzgaré nada, no juzgaré a nadie”.
Desde luego, juzgar es algo complicado. La biblia misma dice que con la medida con que medimos, seremos medidos (de vuelta). De modo que debemos ser criteriosos a la hora de medir (juzgar) lo que otros hacen o lo que pasa más allá de nosotros mismos.
Pero si bien es sano evitar juzgar situaciones que no nos corresponden, o tener cuidado con la forma en que juzgamos lo que otros hacen o dejan de hacer, no debemos tener temor a expresar nuestro punto de vista, siempre que lo hagamos de manera adecuada, esto es, guardando tener el espíritu correcto.
Pero tener el espíritu correcto a la hora de hablar no es todo. El punto, quizás, más relevante a la hora de juzgar (entiéndase entregar nuestra personal perspectiva de las cosas) es lo que Cristo mencionó cuando se refirió a “ver la paja en el ojo ajeno”.
Esa enseñanza, a mi juicio, sentó el precedente bíblico más contundente, para ser libre del prejuicio de poder expresar nuestra opinión.
Algunos defienden la postura que dice “no juzgues nada”. Personas cuya regla de vida es “no te metas, no opines, mantente al margen”. Y honestamente, es muy sano mantenerse al margen, ¡mientras sea posible!
El problema es que hay cosas de las cuales no podemos hacer vista gorda, no cuando conocemos a Dios, no siendo cristianos.
A Jesús le hubiera resultado muy sencillo (y personalmente beneficioso también), haber guardado silencio de las cosas que veía ocurrir en sus días.
El odio que sentían fariseos y escribas se derivaba fundamentalmente del hecho que Jesús se metía (opinaba) en asuntos que a ellos les afectaban de manera muy directa.
Muchos discípulos murieron como mártires por no guardar silencio. Murieron por
seguir el ejemplo de Su Señor.
De haberse callado la boca se hubieran evitado críticas, dolores, e incluso la muerte en muchos casos.
Pero el cristiano sabe que cerrar la boca cuando debe hablar es un pecado. Como lo es también llamar bueno a lo malo.
Entre otras cosas, la iglesia está aquí como agente divino para restringir la maldad, para protestar desde la perspectiva de Cristo y de Su palabra, contra las cosas que no son justas, contra lo que resiste el orden divino.
En esa enseñanza bíblica, Jesús no dijo que el problema fuera ver (juzgar) la paja en el ojo ajeno. Él más bien dijo, que el problema era tener capacidad para ver una paja en el ojo de otro y ser incapaces de ver una viga (que es mucho más notoria) en el ojo de uno mismo.
¿De qué hablaba entonces? ¿Hablaba de no decir nada sobre nada? ¡¡Por supuesto que no!! . Él hablaba de tener moral para hablar.
Y tú no puedes consentir con aquellas personas que exigen cosas sin tener la moral para hacerlo.
Personalmente, no puedo ni quiero negar que me preocupo por lo que está pasando en mi nación (Chile).
Estas manifestaciones de estudiantes, secundarios y universitarios que exigen “sus derechos” con una fuerza que está muy por encima de la disposición que tienen para “cumplir con sus deberes”.
Me preocupa ver que ellos se sientan con el derecho de demandar de los adultos compromiso, ser escuchados, ser respetados, ser valorados, en definitiva, dicen ver claramente la paja en el ojo ajeno, pero ellos mismos no logran ver la viga que tienen en sus ojos. Y cuando alguno trata demostrarles, reaccionan con soberbia, con insultos, y en algunos casos hasta con violencia.
Por supuesto que sería injusto decir que todos son iguales, pero los grupos son representativos.
No todos los padres son malos, pero se habla de lo mal que los padres hacen su labor. No todos los empleados son flojos, pero se generaliza hablando de lo sacadores de vuelta que son los empleados.
Desde luego pedir no cuesta nada. Esa es la razón por la que muchas personas en su angustia se acercan a Dios para pedir algún favor de Él. Y la gran mayoría de esas personas, una vez que reciben de Dios la ayuda que necesitaban se apartan de Él, para continuar con sus vidas. Vidas que por cierto, no tienen en cuenta a Dios de manera consistente. Nuestro problema es tal como el Señor le dijera a Pedro: “pones la mira en las cosas de los hombres”.
Muchas personas prefieren consolarse con el pensamiento que todos somos pecadores y que por tanto, nadie tiene derecho a juzgar nada sobre otros. Pero lo cierto es que todos inevitablemente, en un momento u otro, juzgamos, ya sea, a personas, situaciones, lugares o lo que sea.
Así que no vale la pena engañarse. Lo que sí tendrá mucho valor es tener presente esta medida que Cristo dejó: para poder hablar de lo paja que veo en otros, debo haber sido ANTES, capaz de haber tratado PRIMERO con la viga que había en el mío.
Lo demás son puras palabras, y las palabras, normalmente se las lleva el viento.
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Hebreos 3:15: “entre tanto que se dice: SI OYEREIS HOY SU VOZ, no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación”.
Nadie, en la toda la historia de la humanidad, ha traído un mensaje tan pertinente como Cristo Jesús.
Él vino desde el cielo para poner en el tapete de los hombres el tema de la vida eterna.
Hace un par de semanas yo compartía sobre este asunto, y decía que nosotros en general no le damos a este tema, la importancia que tiene.
Pues bien, Jesús, muy posiblemente motivado por nuestra indiferencia frente a una problemática tan relevante, se humanizó para hablarnos de la vida eterna, de los alcances de esta y sus ineludibles consecuencias para nuestras vidas.
Desde esa perspectiva, el mensaje de Jesús fue muy pertinente, tanto para las personas de su época como para todas las demás.
Pero Su mensaje no solo es pertinente en términos generales, también lo es en lo particular.
Jesús vino claramente para hablarnos de las demandas del cielo.
Debemos reconocer que las demandas del cielo no suelen ser tema para el hombre promedio.
La continua pérdida de los valores cristianos y de la influencia de la biblia sobre el quehacer de las personas, ha comenzado a dar sus malos frutos.
Esto ha producido que las personas hayan comenzado a vivir como les parece, olvidando los preceptos bíblicos por los cuales antes pasaban las decisiones y planes.
Desde luego, vivimos como nos parece más adecuado, pero muchas veces esa forma de vivir, dista mucho de lo que el cielo acepta y aprueba.
A Jesús lo criticaban por juntarse a pecadores, rameras y personas (en general) de dudoso vivir.
Frente a esto, Él simplemente respondía diciendo que los sanos no necesitaban médico.
Con ello estaba declarando que Él era ese médico y los pecadores los enfermos.
Esto nos permite entender un poco cómo Dios ve las cosas.
Para Dios el pecado es como una enfermedad, que no solo destruye el cuerpo, termina destruyendo el alma.
Jesús siempre habló a las personas con esta idea en mente. El no siempre hablaba de la misma forma ni usaba los mismos ejemplos, pero siempre dejaba el mismo mensaje, el cual era sin duda redentor, pero siempre, siempre llamaba al abandono de cualquier forma de pecado.
Él hablaba a las personas de acuerdo a sus personales necesidades.
Los hombres le buscaban para que les ayudara en sus terrenales aflicciones, pero él estaba más interesado todavía en ayudarles a resolver sus problemas relacionados con el cielo y con la eternidad-
En ese sentido, su mensaje era muy pertinente, muy significativo. No les hablaba de generalidades, sino de cuestiones que llegaban directo a los corazones de quienes les oían.
A la mujer samaritana le habló de la situación de adulterio en la que estaba.
Al joven rico, le confrontó con su problema de avaricia y el amor que tenía por sus posesiones.
A los fariseos y escribas, les habló de su actitud hipócrita y de su religiosidad sin vida.
Hay muchos otros que se encontraron con el Señor, a los cuales Jesús les habló de modo específico. Su mensaje a cada uno fue siempre pertinente y significativo.
Dios lo sabe todo. Él sabe lo que necesitamos y sabe cómo darnos lo que necesitamos.
Una de las maneras en que Él nos da lo que necesitamos es hablando significativamente a nuestras vidas.
Por eso es tan importante que si oímos SU, voz no endurezcamos nuestros corazones.
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Números 17:10: “Y Jehová dijo a Moisés: Vuelve la vara de Aarón delante del testimonio, para que se guarde por señal a los hijos rebeldes; y harás cesar sus QUEJAS de delante de mí, para que no mueran”.
Oímos quejas de todos los frentes y por todas las razones posibles.
Nos hemos vuelto expertos en el infartante arte de “las quejas”.
¿Has estado junto a personas que se pasan la vida quejándose de todo lo que les pasa?
¡¡Que incómodo resulta sentarse junto a personas que sólo abren sus bocas para transmitir alguna molestia, para referirse a algo que no les agrada o parece. Para hacer algún descargo contra la vida que llevan o contra Dios, por haberles dado tan miserable existencia!!
De esas bocas nunca puedes esperar una palabra de gratitud. Con ellos es siempre es lo mismo: son hipocondríacos sociales.
Y claro, nos quejamos porque quejarse es gratis, no cuesta nada.
Hay personas a las que basta con saludarlas para que sientan que les estás dando paso para arremeter con sus quejas. Y lo peor es que una vez que empiezan ¡¡ya no hay quien las pare!!
Lo más paradójico es que las mismas personas que constantemente se quejan, son gente cuyo aporte a la humanidad es muy bajo, por no decir nulo.
Y a mi juicio, se quejan porque tienen mucho tiempo disponible para ello.
Como Sodoma y Gomorra, que de acuerdo a la palabra del Señor, lo que dio origen a su maldad, fue precisamente la abundancia de pan y de ocio.
Jesús tenía tantas buenas y justificadas razones para quejarse. Las cosas por las que pasaba, las cosas que veía, y sin embargo, usaba su tiempo provechosamente intentando cambiar la realidad que le rodeaba, enlugar de quejarse por ella.
Muchos que fueron transformados por Él no lo hubieran sido, si Jesús hubiese sido un quejón más, pero Él fue más allá del estado deplorable de su tiempo. Y eso logró cambios y por tanto, es lo que debemos imitar.
A esta altura del partido, está bien demostrado que las personas que surgen (que avanzan y alcanzan logros en la vida) son aquellas que han aprendido a sobreponerse a las adversidades y que han llegado a hacer de la perseverancia un condimento diario e indispensable en sus vidas.
Es una locura pretender tener vidas maravillosas y al mismo tiempo vivir de mala manera.
Los quejumbrosos son generalmente aquellos que hacen las cosas mal, que siembran mala semilla y se quejan luego por no obtener una maravillosa cosecha.
Pero para cosechar bien se debe trabajar. Se debe sembrar en esperanza, en fe.
Mi abuela es uno de los seres más adorables que conozco. Es una persona que ya cuenta con algunos años pero es muy difícil no querer estar cerca suyo porque su actitud frente a la vida, siempre optimista, se vuelve en una especie de imán para quienes la rodean.
Cuando le planteas la posibilidad de salir, ella siempre está dispuesta (aunque para apoyarse usa un bastón). Es una abuela a todo terreno.
Si bien sufre de dolores a los huesos, ella no se la pasa quejándose, es más, cuando estas con ella, ella nunca lleva a la conversación a sus molestias o dolores, siempre es una bendición hablar con ella porque tiene un sentido del humor envidiable.
Sé que ella nunca va a estar sola, porque su forma de ser, su actitud agradecida del Señor y de la vida que Dios le ha dado (créeme que su vida no ha sido fácil) es un verdadero imán.
Pero hay personas que representa el polo opuesto.
Son personas que saludarlas ya fue suficiente. Ya sabes qué vendrá a continuación: una larga disertación sobre cómo la vida les ha sido adversa, de lo mal que la han pasado, etcétera.
Por cierto nunca mencionan lo mal que ellos han hecho las cosas, porque ellos siempre son las víctimas.
El enfoque está en lo que otros les han hecho a ellos y en lo que esto les ha provocado.
Personas con las que no puedes proyectarte para nada, porque en todo tienen algún reparo.
Usualmente las personas quejumbrosas acaban solas porque tienen una increíble capacidad para alejar a los demás con sus quejas y pesimista visión de la vida.
La vida, con todos sus bemoles, es hermosa. ¡¡Basta de quejas!!
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2Timoteo 3:2 “Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,”
Me impresiona constatar la avidez con que las personas de este tiempo, rechazan las cosas divinas.
Me sorprende esa increíble predisposición para dar la espalda al Señor, a tal punto, que Dios se ha vuelto un extraño para muchos, en el mundo que Él mismo creó.
Me preocupa la ingratitud de los hombres de nuestro tiempo.
El apóstol Pablo escribió sobre este asunto. Él, proféticamente, por la palabra de Dios, advirtió sobre el carácter de los hombres en los días postreros. Dio muchas referencias del carácter egocentrista de las personas que alcanzarían dichas generaciones, y hoy asombrosamente vemos cumplirse sus palabras.
Una de las cosas específicas que mencionó, tiene que ver con la ingratitud de los hombres ¡¡y cuan claramente se puede ver en nuestros días!!
Veo hijos ingratos con sus padres, que olvidan lo que los padres han hecho por ellos. Veo cónyuges, actuando con deslealtad e ingratitud hacia sus cónyuges.
Empleadores ingratos con sus trabajadores.
Hay cientos de ejemplos de esta clase y por lo que se ve, la cosa va de mal en peor.
Es triste ver como el egocentrismo, paulatinamente nos ha robado las cualidades más humanizadoras que poseemos y que tienen relación con nuestra correcta interacción con el prójimo.
No es raro ver el estado deplorable de nuestras sociedades si cada cual solo está interesado en su propio bienestar y muestra nulo o mínimo interés por los demás.
Ser agradecidos no obedece solo a un gesto de cordialidad o cortesía, es en gran medida una señal de genuina humanidad.
En las tiendas, calles, micros (y quizás por culpa de la vida tan sobrecargada de actividades y preocupaciones) las personas que dan las gracias son cada vez menos, cada día más escasas.
A los defensores de la vida animal les preocupa la extinción de ciertas especies animales, pero para nuestra propia vergüenza, esas sutilezas que daban cuenta de nuestra humanidad, se encuentran al borde de la extinción y aparentemente a nadie le importa.
Nuestros valores están absolutamente trastocados.
Se hacen grandes movilizaciones en protesta por la inobservancia de ciertos derechos y los mismos movilizados faltan a los derechos de otros.
Hemos llegado al triste día en que todos se sienten con el derecho a decir lo que les viene en gana, sin cautelar primero, si tienen o no la moral para ello.
La gratitud es algo tan básico, pero tan poco considerado en nuestros días.
Los que prestan servicios se han vuelto en verdad personas de última clase, porque
se les trata como si no valiesen nada.
El que paga por algún servicio se siente con el derecho de maltratar a quien le atiende, solo porque no lo hace con la prestancia que quisiera.
El saber que va a cancelar, le convierte en un tirano temporal de ese inquilino que no tiene otra opción más que bajar la mirada y llevar el menosprecio.
En muchos aspectos nos hemos convertido en modernos seres primitivos.
La biblia enseña que debemos dar gracias en todo ( y por todo).
Se nota que Dios nos conoce bien y que sabe cuáles lecciones deben ser constantes.
No sé si alguna vez, después de haber leído algún devocional que haya resultado ser de provecho para ti, has dado a Dios las gracias por esas líneas.
Los grandes cambios comienzas con pequeños pasos de ello no cabe duda alguna.
Un pequeño paso para tener una vida mejor (para uno y para los demás) es aprender a dar las gracias a quien lo merece.
Créeme que, en lo personal, desde ya estaré agradecido si estimas considerar estas palabras para aplicarlas en tu diario vivir.
Dar las gracias ¡¡es algo tan básico!!
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Marcos 8:36 “Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”
¿Entendemos el valor de la vida eterna?
Hablamos de una clase de vida que desde su mismísimo nombre representa algo totalmente extraño y ajeno a nuestra humana y finita naturaleza.
La eternidad es una medida de tiempo que sobrepasa largamente cualquier noción que podamos llegar a tener acerca de la duración del tiempo.
Cada día vemos con mayor angustia como el tiempo tiene un valor tremendo.
Hemos aprendido (a veces a punta de dolores) que el tiempo es un bien irrecuperable. Que hay cosas que tienen su tiempo para ser llevadas a cabo y que fuera de esos tiempos ya no tienen razón de ser o realizarse.
Pero aun con toda la noción de lo valioso que es el tiempo, dejamos tan abandonada esta realidad de una vida eterna, que parece que en verdad muchos no creyeran en tal cosa.
La vida terrena está llena de sorpresas, de cosas que nos dejan boquiabiertos y eso que esta vida es tan solo la antesala de la vida verdadera.
Jesús habló de la vida eterna y dijo que la vida eterna consistía en conocer a Dios y a Jesucristo como enviado suyo.
La verdad es que conocer a un Dios Omnipotente, Omnipresente y Omnisciente no es tarea de algunos años, es una tarea para toda la vida, una tarea para la eternidad.
Y aunque la humanidad siente gran curiosidad por conocer el espacio exterior, por explorar la posible existencia de otros seres en el vasto y desconocido espacio, mostramos una indiferencia vergonzosa y casi inexplicable con relación a un tema que nos es infinitamente más cercano como este, relacionado con la inmortalidad del alma.
Los seres humanos no somos eternos desde el punto de vista que no hemos existido desde siempre, como es el caso de Dios, pero desde el momento en que fuimos creados, no dejaremos de existir.
Desde ese punto de vista, Dios nos ha dado eternidad. Él ha puesto eternidad en el alma de los hombres, y por tanto, debería ser un tema para nosotros el destino eterno de nuestra alma.
Hablar del alma no es sencillo. Es tratar con algo de lo que sabemos muy poco o mejor dicho de lo cual se ha comprobado muy poco. Pero como siempre, Dios nos ha dejado lo suficiente como para que entendamos que requiere de nuestra atención.
Yo hoy solo quisiera llevarnos a la reflexión que no podemos ser negligentes con algo tan importante, con algo que tiene trascendencia eterna para nosotros.
Nuestra alma es algo muy valioso aunque no lo entendamos en su totalidad. Nuestra alma es valiosa para Dios.
Jesucristo dijo ¿de qué le sirve a alguno ganar el mundo entero y perder el alma?
Nuestras preocupaciones (esas que nos quitan el sueño y algunas veces hasta nos enferman) ¿no son aquellas relacionadas con las cosas de esta vida, de este mundo?
Y si Jesús dijo que de nada valía ganar el mundo si perdíamos el alma: ¿puedes llegar a ver el valor de tu alma?
Jesucristo murió para que nuestras almas fueran salvas de la condenación del infierno.
Entregó su propia vida para que nosotros salvemos nuestra alma de la condenación que produce el pecado en el hombre.
Él se preocupó por el bienestar de nuestra alma ¿y nosotros no?
Sería muy saludable indagar en las escrituras, por qué Dios permitió que Su Hijo Unigénito (Jesucristo), muriera por salvar el alma de otros.
Debe haber una muy buena razón para ello.
Que uno que reinaba y recibía constante adoración y reconocimiento, hubiera dejado su trono, su reino y se hubiera conformado a nuestra limitada humanidad para venir a ser humillado por seres inferiores a Él, en todo sentido.
Nuestra alma debe tener un tremendo valor, uno que en nuestra miopía espiritual, no logramos ver, pero por el cual Dios estuvo dispuesto a pagar el precio más alto.
Sabiendo que Él hizo semejante sacrificio, ¿vamos a quedarnos de brazos cruzados en ignorancia del verdadero valor de nuestra alma?
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Romanos 6:23 “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”.
Jesús estaba en la cruz por querer asumir una responsabilidad que no era suya. La cruz era el precio que se debía pagar por el pecado.
Jesús no hizo pecado, pero por nosotros se hizo pecado.
Hay muchas virtudes en la vida de Cristo, no solo el hecho que él hubiese vivido una vida sin pecado, sino que además estuvo dispuesto a asumir el costo de los pecados de otros, para ser más específico, los nuestros.
El concepto “pecado” ha sido desvirtuado. Desafortunadamente lo que las personas entienden como pecado está desenfocado de lo que en realidad es. La gente se ríe de la palabra pecado, habla irónicamente del mismo, se burla de quienes lo mencionan.
Es que existe una infortunada desinformación del asunto.
Lamentablemente, el asunto del pecado es muy serio, lo suficiente como para considerarlo. De hecho, si las personas llegaran a entender lo serio que es, nunca lo tomarían a la ligera.
Lo cierto es que Jesús si entendió la seriedad del tema y por eso actuó. Lo que hizo, debes saber que fue a nuestro favor. Esa es una deuda impagable que tenemos con Jesús.
No importa lo que hagamos, nunca podríamos resarcir el costo de nuestros pecados y Jesús decidió asumir ese costo.
¿Quién estaría dispuesto a pagar las deudas de otros? Solo alguien muy ingenuo, o bien, demasiado bueno.
Puedes saber que Jesús no está del lado de los ingenuos. Él no puede ser engañado, Él lo sabe todo, aun los pensamientos de nuestros corazones, el Señor los conoce.
De modo que él representa la otra parte, y lo que hizo de morir por nosotros en la cruz lo hizo sencillamente porque es demasiado bueno. Lo hizo porque sabía que no habría otra alternativa para nosotros aparte de Él.
La bondad del Señor es mayor de lo que a veces pensamos. Pero eso es porque Él sabe de las verdaderas y profundas implicancias que el pecado tiene sobre nosotros.
El pecado nos destruye, nos degrada. Los hombres somos muy buenos para alegar nuestros derechos.
Peleamos centímetro a centímetro los que consideramos son nuestros derechos, pero con qué facilidad nos rendimos a los pecados, siendo estos tan destructivos para nosotros.
Hay pecados de toda clase. Pecamos socialmente, pecamos moralmente, pecamos cívicamente, pecamos de mil y una formas, pero ese no es el mayor problema. El mayor problema es trivializar de tal forma el pecado, que ya no lo veamos como realmente es.
Sansón era un paladín de Dios, levantado por Dios pata defender a los judíos y para hacer prevalecer la voluntad de Dios.
Él sabía que los filisteos eran el enemigo, pero algo pasó dentro de él que le llevó a ver a los filisteos de una manera equivocada. Quizá a causa del continuo contacto con ellos, Sansón les llegó a ver de manera trivial. ¿Resultado? Terminó emparentando con el enemigo.
Es triste cuando llegamos a perder la medida de las cosas de esa forma. Y eso es lo que ha sucedido con el pecado.
Nadie juega cuando se habla del SIDA porque las personas saben que esa enfermedad es algo demasiado serio como para tomarlo ligeramente.
El pecado es mucho peor que el peor de los casos de SIDA, ya que no solo destruye el cuerpo sino también el alma de aquellos que padecen por causa suya.
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21:24 “Escarnecedor es el nombre del soberbio y presuntuoso Que obra en la insolencia de su presunción”.}
Ayer compartía que gran problema representa para nosotros la soberbia.
Esta clase de actitud (digamos corazón) nos aleja de Dios y nos cierra las puertas con Él porque Él aborrece a las personas soberbias o altivas.
Debe ser porque Él siendo quién es, nos da grandes muestras diarias de humildad.
¿Cuántas veces le cerramos al Señor la puertas en las cara?
¿Cuántas veces tratamos de disimular nuestra falta de interés por las cosas de Dios, argumentando que estamos atareados en alguna otra cosa, siendo que Dios sabe del tiempo que en realidad disponemos, y siendo Él capaz de ver que el problema es apatía por lo espiritual y falta de interés por conocerlo a Él?
Sin embargo, Él nos da tremendas muestras de humildad, porque pudiendo devolvernos mal por mal, en innumerables ocasiones, nos devuelve bien por mal.
Nos ayuda en la angustia, nos levanta cuando nos estamos ahogando en el pozo de la desesperación, y todo esto, a pesar de lo mal que nosotros le pagamos.
Gran humildad es la que muestra el Señor dignándose a escucharnos después que hemos hecho todo lo que sabemos le desagrada a Él.
No puedo afirmar que así sea, pero pienso que la razón por la que Él abomina tanto a los soberbios, es porque Él mismo no es soberbio con quienes mereceríamos ese trato.
La soberbia es la que nos impide pedir perdón a quienes sabemos que hemos ofendido.
Podemos disfrazarlo usando la palabra “vergüenza” pero es la altivez de nuestro corazón la que no está dispuesta a humillarse para pedir perdón, para reconocer que se ha equivocado.
Los matrimonios sufren cuando uno de los cónyuges es un altivo, incapaz de reconocer sus faltas.
¿Quién no las tiene? Dice el soberbio tratando de justificar se mala actitud. Pero cuando otro le pasa a llevar, se levanta cual pavo real demandando y exigiendo su derecho a ser respetado.
Si hiciéramos con los demás la mitad de lo que esperamos que hagan con nosotros, la sociedad sería definitivamente varias veces mejor de lo que es. No estaríamos hundiéndonos más y más en el abismo del egoísmo. Nuestro pasar por esta vida sería sinceramente mucho mejor de lo que es.
No estoy hablando de un paraíso terrenal. Eso no es algo que los hombres podamos establecer.
Se requerirá de la actuación de Cristo mismo y los ejércitos celestiales para que esta tierra tenga mil años de paz, y verdadero progreso en el temor de Dios.
No estoy pensando en cambiar el mundo. Pero si entiendo que la voluntad de Dios es cambiar mi mundo y cambiar el tuyo.
Los grandes avances comienzan con pequeños pasos en una misma dirección y la soberbia es un terrible enemigo que quizá no podrá ser erradicado del mundo, pero que definitivamente, Dios quiere erradicar de nuestro corazón.
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21:24 “Escarnecedor es el nombre del soberbio y presuntuoso Que obra en la insolencia de su presunción”.
¡¡Qué gran problema es la soberbia!!
¡¡Cuán difícil es para algunas personas llegar a reconocer sus falencias, sus errores o debilidades!! ¡¡Qué gran enemigo es todo esto del avance espiritual!!
Hace tiempo meditaba en la palabra de Dios que dice “quien encubre su pecado no prosperará”.
Lo cual significa en buenas cuentas que la persona que es incapaz de reconocer sus faltas (soberbio), que es incapaz de reconocer que necesita la ayuda del Señor (soberbio) difícilmente recibirá ayuda del Señor. Esto porque Dios es muy respetuoso de nuestras decisiones.
Créeme que este mundo sería muy diferente si Dios impusiera SU voluntad. En cambio, Él respeta nuestras decisiones incluyendo las malas (que suelen ser mayoría) y se reserva el derecho de salir a auxiliarnos cada vez que (por un acto de humildad) reconocemos que le necesitamos.
Desde luego, en muchas ocasiones tendremos que pasar bajo la amorosa vara de la corrección divina. Algo indeseable para muchos pero indispensable para todos.
Nos privamos a nosotros mismos de la ayuda divina cuando en lugar de confesar nuestra condición intentamos aparentar que las cosas van bien.
Tan cercano está el Señor a quienes clamamos a Él y le buscamos y tan reticentes somos para venir a Él, piedra viva y roca de salvación.
Es verdaderamente lamentable que muchas relaciones se deterioren por causa de la soberbia, por esta obstinación en no querer reconocer que francamente nos hemos equivocado, que no hemos hecho lo correcto.
Muchos prefieren perseverar en el error antes que humillarse y reconocer sus malas decisiones y acciones.
Si tan solo le entregásemos al Señor el reconocimiento debido a Su nombre, nuestras vidas, y por consiguiente, el mundo, ¡¡serían tan diferentes de lo que son!!
Pero somos soberbios y esa dureza de nuestro corazón nos aleja de nuestro mayor bien que es disfrutar de paz y comunión con el hacedor de todas las cosas.
No es secreto que Dios a los soberbios los desprecia. La escritura dice que los mira de lejos.
A diario veo personas actuar con tal arrogancia y presunción, como si fueran algo, como si tuvieran algo.
¿Qué hemos traído a esta vida? ¡¡Nada!! ¿Qué nos llevaremos de ella? ¡¡Nada!!
Todo lo que tenemos es la posibilidad de hacer buenas y correctas relaciones con
Dios y el prójimo, y lo único que hacemos es materializar nuestro vivir, olvidando lo que es realmente importante: amar a Dios y al prójimo.
Toda la ley divina se resume en estas dos máximas.
Y aunque queremos conquistar este mundo y exploramos el espacio en busca de la conquista de mundos que no conocemos, hemos fallado al demostrar ser incapaces de conquistar nuestro propio mundo interior.
¡¡Qué arrogancia la nuestra!! ¡¡Qué incongruencia!!
Si a nuestros aires de grandeza, le añadiéramos un poquito de cordura, esta vida sería diferente, muy diferente.
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Romanos 12:2 “No os conforméis a este siglo (mundo) sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios agradable y perfecta”
No todo lo que vivimos es necesariamente la voluntad de Dios, ya que gran cantidad de cosas por las que atravesamos, vienen precisamente por hacer nuestra voluntad, en lugar de la Suya.
Uno de los mayores problemas de la vida cristiana se encuentra en este punto: lo que hago ¿representa mi voluntad o la del Señor?
El asunto relevante detrás de todo es que tenemos la capacidad de obedecer, y cada uno elige a quién obedecer: a uno mismo o al Señor.
El que continuamente queramos hacer nuestra voluntad obedece al hecho que estamos acostumbrados a hacer eso.
Por años ha sido así. Por años hemos vivido para satisfacer nuestros deseos o necesidades y no cabe duda que cuesta romper los patrones, tradiciones y costumbres que están tan arraigadas en uno, pero debemos hacerlo si hemos de conocer la buena voluntad que Dios tiene para nosotros, y Dios quiere y puede ayudarnos en esta tarea.
Las fortalezas de la costumbre o tradición deben ser destruidas usando las armas espirituales que Dios nos ha concedido, principalmente practicando la obediencia a la palabra de Dios.
Es que las tradiciones nos detienen, nos sujetan y terminan limitándonos en el conocimiento del Señor y de Su voluntad.
Conocer a Cristo en Su Grandeza y Majestad implicará un continuo movernos de la fase en que estamos a aquella que Dios desea llevarnos.
Juan el bautista es buen ejemplo de esto, de cómo el trato de Dios tiene cambios, si bien Dios no cambia.
Juan comenzó un tiempo nuevo en el actuar de Dios. Desde Malaquías transcurrieron unos 400 años en que el pueblo de Dios no había recibido palabra de Jehová.
Dios guardó silencio durante ese tiempo, y de repente, comenzó a hablar otra vez por medio de Juan.
Sin palabra de Dios la gente se había estancado, acomodándose a sus patrones de vida aceptables y puedes estar seguro que la vida que llevaban podía ser aceptable para ellos, no lo era para el Señor, quien por medio de Juan, llamó al pueblo al arrepentimiento, instándoles a prepararse para la venida del Mesías.
Hoy, dos mil años después, te digo que el mensaje de Juan es tan crucial como entonces: Dios nos está llamando a prepararnos en arrepentimiento para la venida del Señor
Necesitamos conocer a Cristo más y más hasta que le veamos.
Verás que en cada etapa Cristo es todavía más grande a nuestros ojos. Pero esto no ocurrirá sin una renovación de nuestro entendimiento.
La palabra renovar tiene 4 significados, pero el único que se adapta al sentido de nuestro versículo es este: “Cambiar una cosa vieja o sin validez por otra nueva”
Dios no está interesado en arreglar lo que somos, Él desea hacer algo nuevo, distinto a lo que somos.
Salvo algunas contadas excepciones, desde pequeños hemos sido criados para conformarnos a este mundo. Para encajar en este mundo, para tener la forma (apariencia) de este mundo.
Por ejemplo, las modas ¿quién las implanta? Puedes estar seguro que no vienen de Dios, y sin darnos cuenta nuestro mayor deseo es llevar esas modas, pero ellas no representan la voluntad de Dios.
Lo que vemos en la tv ¿quién lo implanta? Otra vez es el mundo y muchas veces pasccamos horas vegetando frente al televisor, viendo cosas que no agradan al Señor y que en lugar de aportarnos, obstruyen nuestra comunión con Él.
La palabra debe ser central porque por ella conozco al Señor, por ella comprendo por donde debo ir y por ella mi fe es fortalecida.
Dios me transforma renovando mi entendimiento y para hacerlo usa Su palabra.
La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta, pero para poder comprobarla tendremos que cambiar lo viejo que existe en nosotros (producto de la naturaleza vieja), por lo nuevo que viene con Cristo.
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Proverbios 29:20 “¿Has visto hombre ligero en sus palabras? Mas esperanza hay del necio que de él”
¿Qué si he visto hombre ligero en sus palabras? ¡¡Todo el tiempo!!
Los he visto en el trabajo, en el colegio, en el vecindario, en la familia, en la calle, en el micro, en el supermercado, en la televisión… en todas partes… ¡¡incluyendo la iglesia!!
Personas que hablan ligeramente se encuentran por miles y están por doquier.
Conviene preguntarse ¿Cuán responsablemente hablamos?
Me sorprende constatar la exactitud con que la palabra de Dios habla acerca de los perjuicios que puede causar nuestra boca.
Nuestras palabras (y comentarios) pueden ser fuente de mucha edificación y vida, o por el contrario, fuente de problemas y dolores para quienes la oyen y para quienes los emitimos.
Si bien Dios se refiere al tema de la boca, nuestros dichos y sus consecuencias, como en otras situaciones, no le hacemos mucho caso y al final terminamos pagando el costo por la ligereza de nuestros dichos.
Es tan fácil abrir la boca, es tan fácil compartir nuestra opinión incluso cuando a nadie le interesa saber lo que pensamos, o cuando nadie nos la ha pedido.
Con frecuencia decimos (y por supuesto también hacemos) cosas que no se justificaban, que al pensar en ellas nos damos cuenta que no fueron debidamente pensadas.
Pasamos por alto las amonestaciones bíblicas en lo concerniente al hablar.
Relaciones que nos toman años pueden verse peligrosamente afectadas por culpa de comentarios que se emiten impensadamente.
Creo que las personas fallamos en ser proporcionalmente buenos para reconocer nuestras equivocaciones y pedir perdón., así como somos de buenos para juzgar o comentar de los demás.
Es muy cierto que hay miles de personas que se victimizan, justificándose para no tener que asumir las responsabilidades de lo que hicieron o dijeron, pero un cristiano tiene un compromiso con la verdad, y ese compromiso debe ser mayor que uno mismo.
Está en la debilidad humana ser tentad0s a querer ser maestros de otros, pero nos ofusca que alguno nos enseñe a nosotros.
Nos gusta sentir que tenemos algo que decir, que nuestra opinión es valiosa, pero no valoramos de igual modo la opinión de los demás.
Concretamente, la ligereza en las palabras es fuente de conflictos y odiosidades innecesarias.
A la vida (ya compleja en sí) agregamos cargas extras por decir cosas que no pensamos con el debido cuidado.
De acuerdo al Señor, hay más esperanza para el necio que para el que habla ligeramente.
Dios nos guarde de estar en alguno de los dos grupos.
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Isaías 50:5 “Jehová el Señor me abrió el oído y yo no fui rebelde, ni me volví atrás”
Ayer compartía cómo volvernos al Señor aleja de nuestra casa la aflicción.
Al volvernos a Dios y permitir que Su palabra penetre en nosotros, nuestra manera de vivir es cambiada y, consecuentemente, nuestros problemas cambian también.
La vida tiene problemas y estos vienen sin que los llamemos pero convengamos que la mayoría de nuestros problemas no vinieron solos, de algún modo nosotros les abrimos la puerta para que pudieran venir.
Esto podrá ocurrir una y otra vez hasta que el Señor por medio de un acto de Su Gracia, produzca un despertar en nuestro vivir, y nos volvamos conscientes de tal realidad.
Al ver a un borracho, por ejemplo, especialmente al ver las consecuencias nefastas que la borrachera produce en las personas, nos preguntamos cómo es que tal persona continua en ese camino ¿Será que no se da cuenta?
La verdad es que en muchos casos las personas están tan sumergidas en vicios que no se dan cuenta de la vida que llevan y llegan a pensar que esa es la clase de vida correcta.
Por eso no podemos dejar pasar las muestras de gracia divina que Dios nos concede para favorecernos.
El profeta Isaías dice que “el Señor le abrió el oído”. Que Dios nos abra el oído es un acto mayúsculo de gracia divina.
A veces alegamos escuchar, cuando en realidad no lo hacemos. Muchas discusiones cotidianas, no son más que el resultado de la mala interpretación de algo, o de algo que escuché mal.
Las personas por otro lado, somos especialistas en afinar la frecuencia de nuestro oído para oír lo que esperamos en lugar de lo que necesitamos.
Nos molestamos con aquellas personas (incluyendo a Dios) que nos dicen cosas que preferiríamos no escuchar.
“Supuestas” amistades se rompen cuando uno le dice al otro la verdad sobre algún aspecto que el otro no es capaz de ver.
Que Dios nos abra el oído, entonces, representa la gran posibilidad de enfrentar el mundo real en términos reales.
Se requiere de una genuina capacidad auditiva para captar las verdades que pululan alrededor y que tan bien se maquillan ante nuestros ojos y Dios nos concede por su gracia poder escucharlas ¡¡tal y como son!!
Isaías dice que no fue rebelde, lo cual indica que dispuso su oído para escuchar la verdad que Dios tenía y esa verdad marcó toda la diferencia para él y para nosotros miles de años después.
Que el Señor nos abra el oído es más que una buena opción, es algo indispensable, una real bendición que puede resultar en una vida que adquiere la capacidad que muchos no tienen en la práctica: “oír la Palabra de Dios”
Nada tiene más poder para cambiar la vida de un ser humano, que las palabras que salen de la boca de Dios.
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Job 22:23 “Si te volvieres al Omnipotente, serás edificado; alejarás de tu tienda la aflicción;”
¿De cuántas forma trata la humanidad de hacer frente a la aflicción?
Queramos o no reconocerlo, con todo el avance y desarrollo tecnológico del que disponemos en este siglo, nuestra vida no es mejor que en siglos anteriores y el tema de las aflicciones sigue siendo pan de cada día.
Es que es imposible no tener aflicciones. Jesús dijo muy categóricamente que en el mundo tendríamos aflicción.
La vida en el mundo está sujeta a la desgracia de la caída del primer hombre. Las consecuencias y efectos de esa caída siguen siendo notorias hoy en día, miles de años después de ocurrida y lo seguirán siendo hasta que el Señor haya redimido todo lo que requiera redención y traiga cielos nuevos y tierra nueva.
Así, las aflicciones son inevitables. Sin embargo, una cosa es tener aflicciones de tiempo en tiempo y otra muy distinta es vivir una vida de constate aflicción.
Lo primero es inevitable, mientras que lo segundo es más bien el resultado de malas decisiones constantes que tomamos frente a las cosas que nos pasan en la vida.
No obstante lo anterior, en nuestro verso encontramos un interesante postulado. Si te volvieres al Omnipotente… alejarás de tu tienda la aflicción”.
Leyendo estas líneas, podemos entender que Dios tiene poder para alejar la aflicción de nuestras vidas.
Al volvemos al Omnipotente somos edificados. Esto significa que somos educados, instruidos en lo tocante a lo espiritual.
Esta vida es más que las cosas que se ven y tocan, es una vida eminentemente espiritual.
Las grandes realidades que afectan significativamente al mundo son espirituales. Los influyentes poderes que actúan tras bambalinas son espirituales. La naturaleza de los problemas que nos aquejan es básicamente espiritual.
Pero es eso es algo vedado a los ojos de la mayoría. No somos conscientes de esto a menos que “por la gracia de Dios” podamos descubrirlo y lo descubrimos cuando nos volvemos al Omnipotente.
El Omnipotente es quien nos muestra la verdad, y cuando vivimos en consecuencia con esa verdad, ella nos libra de muchas aflicciones.
No quiero decir que la vida cristiana o que la vida de fe sea una vida exenta de aflicciones. Lo que estoy aseverando es que al conocer la verdad y vivirla, esa misma verdad nos libra de engaños, de mentiras, de cosas turbias, de malos caminos, de influencias perniciosas, de malos amigos.
En resumen, esa verdad a la que accedemos al volvernos al Omnipotente nos guarda, nos libra de hacer cosas que podrían traernos muchas aflicciones.
Si quiero alejar la aflicción de mi casa, necesito volverme al Omnipotente.
Él quiere y puede darnos una vida en que Su gozo pueda ser el elemento predominante.
El Omnipotente nos garantiza Su capacidad para alejar de nuestra vida la aflicción. ¿Tiene sentido seguir buscando fuera de Él?
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Lucas 5:5 “Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red”.
¡¡Qué importante es cuando llegamos a entender que esta es la realidad por la que debemos vivir, hacer las cosas basándonos en la palabra de Dios!!
Pedro tenía gran experiencia en el tema de la pesca porque era un pescador. Él había estado toda la noche intentando obtener peces por medio de los métodos que un pescador conoce. Desafortunadamente para él, la jornada de pesca había sido un rotundo fracaso.
Aunque el registro bíblico no lo menciona, Pedro debió haberse sentido frustrado. Cuando Jesús llegó hasta él, se encontraba lavando las redes.
Francamente todos queremos que nuestro trabajo sea fructífero ¿no?, y Pedro de seguramente no esperaba menos.
Pero en medio de todo esto, Jesús le pidió algo, necesitaba de esa barca para poder hacerla su púlpito temporalmente y compartir sobre el reino de Dios a quienes se agolpaban sobre él.
Qué alegría por Pedro, que estuviera en condiciones de responder a la petición de Jesús. Sólo Dios sabe que hubiera sucedido si la pesca hubiera sido exitosa.
¿A cuántas personas su éxito les impide responder favorablemente a lo que Dios les pide?
Creo que ese día Pedro no debió estar del todo contento porque su trabajo no fue lo esperado, pero Dios estaba a punto de tornar ese mal día de trabajo ¡¡en el mejor día de su vida!!
Dios tiene esa facultad y muy a menudo la usa para bendecirnos.
Hay muchas cosas increíbles que aprender de este relato bíblico pero hay una en particular que yo quisiera enfatizar para nuestra edificación espiritual: Pedro se dejó mover por el Señor.
Jesús no era pescador, él era un rabí, un maestro, un hombre de sabiduría, pero no de mar, ese era el campo de Pedro. Sin embargo, se dejó mover por el Señor.
Y esta es la clave para una vida espiritual victoriosa, dejarnos mover por el Señor antes que por nuestra experiencia o habilidad para hacer.
Que Pedro echara la red en obediencia a la fe y en respuesta a la dirección del Señor, representa un acto de locura para la mente natural, y Pedro lo tenía muy claro.
Quizás por esa razón le dijo “mas en tu palabra echaré la red”. Eso quiere decir: “no en mi conocimiento de pescador, no en mi prudencia de hombre de mar, sino en fe a Ti, confiando en tu sabiduría en lo acertado de tu guía Señor”.
Esta es la clase de disposición que Dios más necesita de nuestra parte: “que nos abandonemos en Sus manos, que sigamos su consejo” ¡¡Cómo lo necesitamos, y cuánto nos cuesta hacerlo!!
Concretamente, la vida cristiana es una vida que debe estar marcada por la fe, es decir, por la obediencia a la palabra del Señor, sólo de ese modo podremos ver la gloria de Dios.
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1 Samuel 15:22. “Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros”.
Si uno le pudiera preguntar a algún médico qué es lo que más dificulta el éxito de su tratamiento con los pacientes que le toca atender, posiblemente nos diría que los pacientes vienen a él en busca su ayuda profesional pero terminan haciendo lo que ellos mismos (no siendo profesionales) quieren y no siguiendo el tratamiento médico ordenado.
De algún modo es lo que yo veo también en el círculo cristiano, personas que vienen al Señor en busca de ayuda, que cuando están muy afligidas prometen hacer lo que Dios les pida, pero que en cuanto ven alguna mejoría en sus situaciones, olvidan el tratamiento, o al menos lo modifican a su gusto o comodidad.
Muy sinceramente pienso que las personas somos así. Bajo la presión de las circunstancias mostramos gran disposición para hacer lo que sea necesario con tal de lograr alguna mejoría, pero cuando nos vemos aliviados, regresamos a la misma clase de vida que nos llevó a estar en tales aprietos.
Hablando sobre la fe, la palabra de Dios enseña que debemos obedecer a la fe. Es decir, ella debe movernos a la voluntad de Dios.
Pero no llegamos a puerto en ese sentido porque una vez que nos sentimos más o menos seguros (aliviados de nuestras cargas), comenzamos a tomar atajos que a la postre terminan desviándonos de la meta.
Es lamentable pensar que muchas personas que alguna vez gozaron de profunda comunión con Dios, hoy son completos extraños a las cosas del Señor, porque viven vidas en las que Dios no tiene mayor valor o trascendencia.
Jesús dijo que uno no puede servir a dos señores. El habló de esto diciendo que no se podía. Más allá de la disposición para servir a dos señores, Jesús aclaró que no se podía, que no era factible. De modo que no era cuestión de voluntad sino de viabilidad.
Cuando yo le entrego mi vida a Cristo, pero sigo viviendo a mi manera, lo que estoy haciendo es servir a dos señores.
El más peligroso enemigo de nuestras almas se nos pone de frente al espejo cada vez que nos miramos en él.
Pero nosotros no lo vemos de ese modo, y por eso no le damos la importancia que tiene. La voluntad de Dios para uno a veces no llega a fructificar porque Dios requiere de nuestra obediencia.
Sabe lo que Dios quiere y hacer lo que yo quiero me mete en lo que se podría denominar como discrepancia.
Puedes tener la seguridad que Dios tendrá una discrepancia contigo cuando tú decidas hacer lo opuesto a lo que Él desea.
Puedes asimismo saber que Su buena mano no podrá apoyarte en tales circunstancias, y que tendrás que hacerlo en tus fuerzas si estás fuera de la voluntad de Dios.
Por otro lado, si somos obedientes, si seguimos el tratamiento este puede resultar en un tremendo beneficio para nosotros y los nuestros.
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Hebreos 11:1 "es pues la fe, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve"
Creo que como pocos temas, de aquellos relacionados con la vida cristiana, la fe es de singular importancia, y ha sido también, singularmente malinterpretado.
La fe es indispensable para poder relacionarse con Dios. Es, en efecto, el medio por el cual podemos conectarnos con el Señor y con lo que Él tiene.
Pero al haber tanto desconocimiento, las personas creen toda clase de cosas que no son respecto a la fe y esto en vez de acercarles a Dios, les desvía de Él y de sus verdaderos propósitos.
Dios ha concedido a toda persona que nace en esta vida alguna medida de fe. ¿Cuánta? Nadie puede decirlo con certeza, pero estoy seguro que debe ser lo suficiente como para que podamos responder a Él en fe.
Si uno estudia lo que la palabra de Dios enseña sobre la fe descubrirá que el conocimiento popular que tenemos de ella y de cómo opera, no está muy a tono con lo que Dios dice, y con lo que la fe realmente es.
Existe una definición bíblica que dice relación con lo que es la fe. Hebreos dice que la fe es una convicción.
Una convicción es una idea fuertemente arraigada, es un convencimiento. La fe es la convicción de aquello que es correcto ante el Señor.
Muchos ven la fe como aquello que me permite obtener un milagro de Dios, y la fe ciertamente puede hacerlo posible, pero es mucho más que esto.
Esencialmente la fe no es un medio para recibir lo que yo quiero de Dios sino lo que Dios quiere para mí.
Algunos dicen que uno no recibe un milagro porque no tuvo suficiente fe. ¿Quién puede decir cuánta fe es suficiente para recibir dicho milagro? Nadie lo sabe.
Muchas veces el milagro no llega, no porque te falta fe para recibirlo, sino porque dártelo no estaba en el propósito de Dios.
La verdadera fe entonces pavimentará el camino para que yo reciba gozoso lo que Dios preparó para mí, en lugar de lo que yo quiero de Dios.
No permitas que te digan que no tienes fe. La verdad es que todos tenemos fe, porque a todos Dios nos ha dado una medida de fe.
Por otro lado, es cierto que a algunos se les nota la fe más que a otros, pero eso es otro punto, que por cierto, vale la pena estudiar.
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Romanos 12:3 Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.
Digámoslo con toda franqueza: damos muy poco y esperamos demasiado a cambio.
Creo que esto encaja tan bien con lo que Dios dice sobre no tener un concepto más alto de uno mismo.
Dios nos advierte que debemos pensar con cordura de nosotros mismos. Oigo a tantas personas que sienten que la vida, la gente, la sociedad, el mundo o incluso Dios mismo, les deben algo.
Personas sinceras que no se dan cuenta que su vivir no es ninguna maravilla, que esperan mucho de los demás pero que no entregan a los demás en similar medida.
Esto es muy común con las personas creyentes que prácticamente sienten que Dios les debe algo. Permítame decir con firmeza que Dios no es deudor de nadie.
Cualquier cosa que hayamos hecho en Él o para Él, será devuelta con creces, porque la naturaleza de Dios es así. Él es magnánimo. Él nunca queda corto. Siendo un Dios tan Glorioso, Él nunca se arriesgaría a poner su estatus en tela de juicio, mucho menos conociendo nuestra naturaleza murmuradora.
El problema en realidad es que nosotros tenemos conceptos muy desvirtuados.
Damos la espalda a Dios pero en la aflicción, (la que usualmente no es más que una consecuencia de nuestra desobediencia a Él) queremos que Él corra a prestarnos la ayuda que necesitamos. Qué alto concepto de uno mismo ¿no te parece?
Pensar que uno puede vivir (por tiempo) absolutamente ajeno a todo lo que Él desea (es decir, en rebelión con Él) y luego esperar que Él corra por nosotros cuando nos toca encarar las consecuencias de nuestras malas decisiones. Eso es tener un concepto demasiado alto de uno mismo.
Deberíamos sentirnos afortunados que Dios nos de aun la oportunidad de escucharnos después de haber vivido ajenos a Él o a Su palabra, pero muchos sienten que la obligación de Dios ayudarles. ¡¡Qué idea más descabellada!!
Esa es la naturaleza que condena el alma del hombre.
Personas que tienen aflicciones de distinta índole y que esperan que Dios corra a socorrerlos, pero que en sus buenos tiempos ignoraron completamente al Señor.
Se de personas que en aflicción (económica, de salud, familiar) exigen a Dios que haga algo. Ni siquiera se acercan a Él con humildad, vienen a Dios exigiendo que Él haga algo.
Esa es la raíz misma del humanismo. El egoísmo. Gente que no ve a Dios como lo que es, sino como un medio, de satisfacción personal, de ayuda en tiempos de aflicción.
Dios desea ser nuestro Señor. Él quiere que tengamos una relación con Él, contrario al pensamiento de muchos que desean que Dios sea solo su salvador. Pero la dinámica del Señor no funciona de ese modo.
Haríamos mucho bien en mirar nuestro interior y considerar cuidadosamente si hemos estado andando con el Señor como Él manda.
He aprendido que cuando andamos con Él, cuando vivimos en Su temor, cosas milagrosas ocurren, porque incluso a nuestros enemigos los hace estar en paz con nosotros.
Las leyes que Él ha establecido dicen claramente que uno cosechará de acuerdo a lo que haya sembrado. Y si bien por algún tiempo quedamos impunes, no hay que olvidar que todo tiene su hora, y a la hora de la cosecha, es cuando el mundo se nos viene encima.
En ese momento es cuando cuenta haber cultivado una relación cotidiana de amor y obediencia al Señor.
Que Dios nos sirve de muchas cosas es una verdad, pero no debemos confundirnos. Que Él nos sirva, no quiere decir que tenga la obligación de hacerlo.
Nosotros fuimos creados para servirlo a Él. ¿Lo estás haciendo?
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Mateo 4:10 “Entonces Jesús le dijo: vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo servirás”
Las personas somos siempre movidas por alguien. Ya sea por Dios para lo bueno o por el diablo para lo malo, no estamos ajenos a ser influenciados por alguno de estos dos poderes.
Dios desea llevarnos a lo correcto porque sabe que hay leyes gobernando la existencia de los hombres. La ley de la siembra y al cosecha, por ejemplo, es ineludible.
Dios sabe que tarde o temprano, segaremos de acuerdo a lo que hayamos sembrado, y en ese sentido Él quiere guiarnos a depositar buenas siembras en la vida que llevamos, para que podamos obtener buenas cosechas.
Contrariamente, el maligno nos incita a desobedecer a Dios, a vivir de acuerdo a nuestras pasiones.
¿Sabías que nuestras pasiones desordenadas son la raíz de la mayoría (sino de todos) nuestros problemas?
Embarazos adolescentes, hijos no deseados, asesinatos, violencia injustificada, robos, delincuencia, vicios, adicciones, y otros, son el producto de pasiones desordenadas, deseos a los cuales nos rendimos y que buscamos satisfacer.
Indudablemente nos agrada pensar que podemos determinar qué haremos con nuestra existencia.
Es emocionante pensar que podemos ser amos y señores de nuestro destino. Pero ¿será así?
Me temo que no. La verdad (dura para muchos) es que estamos confinados a servir a uno u otro. A Dios, para hacer lo bueno, o al diablo para lo malo.
Detrás de lo que creemos es nuestra voluntad actúan la influencia del Señor o la del enemigo del Señor
Día a día estamos volviéndonos de alguna como aquel a quien nos sujetamos. De algún modo el carácter de Cristo está siendo formado en nuestro ser o el carácter del anticristo, pero lo cierto es que no tenemos escapatoria.
Jesús no trepidó en decir que no hay punto medio: somos con Él o contra Él, no hay otra posibilidad.
De allí que debemos reflexionar sobre quien está manejando nuestra vida tras bambalinas, porque sobre el escenario, parece que nosotros tuviéramos el control, pero dentro de nosotros, en nuestro corazón, donde Jesús dijo que se originaban los malos (y supongo que también los buenos) pensamientos hay alguno que está llevándonos en alguna dirección y es vital que seamos capaces de identificar de quien se trata.
Una vida gobernada por el Señor tendrá sus propias marcas. De alguna forma aquellas virtudes de Cristo ese dejarán ver en alguien cuyo motor o influencia es Cristo.
Del mismo modo, el carácter destructivo o autodestructivo del maligno, irá haciendo surcos, dejando huellas en la vida que le tiene a él por motor principal.
¿Quién me gobierna? Es una interrogante que bien vale la pena despejar, especialmente después de saber que mi vida será, sí o sí, una plataforma para exhibir la justicia de Dios o la iniquidad del mal.
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Mateo 7:8 “Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”
He conocido muchas personas en el camino del Señor que se quejan por lo que les ha tocado en la vida.
Se quejan por el matrimonio que llevan, por los hijos que tienen, por su economía, por el barrio en que viven. En casi todo encuentran una razón para quejarse. Y me parece que hay mucha injusticia en esa actitud.
Para ser franco, es posible que esta posición mía se deba a que mi vida, gracias a Dios, ha sido buena.
Vengo de un matrimonio que (por razones que solo Dios conoce) no fructificó. Crecí lejos de mi padre. Siendo pequeño sufrí un muy tonto accidente que hasta el día de hoy me afecta la vista.
Viví ajeno a la realidad del Señor unos 20 años de mi vida, Podrás imaginar lo que significa vivir sin la luz de Cristo, los muchos tropiezos y dolores que eso conlleva.
Hay detalles que prefiero no compartir, estando felizmente casado (en el Señor) el primer embarazo (gemelar) se complicó por la pérdida de uno los bebés.
Algunos años después, un cáncer al estómago descubierto en la vida de mi esposa, vino a probar nuestra confianza en el Señor.
Tres años más tarde habiendo superado el episodio del cáncer, una enfermedad al corazón (aparentemente congénita, y oculta hasta ese minuto) me llevó urgentemente a pabellón para ser sometido a una intervención a corazón abierto.
Como ves, mi vida no ha sido muy quieta ¡¡pero ha sido muy buena!!
Podría hallar en las cosas vividas, más de algún motivo para quejarme. Sólo Dios sabe si me he quejado, pero hasta donde yo recuerdo, no lo he hecho. Y me pregunto por qué algunas personas siempre se sienten con razones para quejarse.
En las cosas que describí, ¿pude haber hecho algo para que fueran diferentes? ¿Pude haber evitado la enfermedad congénita al corazón, la pérdida natural del bebé, el cáncer de mi esposa o la separación de mis padres? Me temo que no.
Está bien claro que algunas cosas no dependen de nosotros.
Desde luego yo no puedo escoger la familia en que voy a nacer, ni puedo escoger el país, ni la lengua materna que voy a hablar.
Hay muchísimas cosas sobre las cuales no tengo ninguna posibilidad de elección, pero hay muchas otras que más bien son el resultado de mis elecciones, lo cual me hace pensar en la palabra de Dios que dice: “el que pide, recibe”.
Naturalmente uno debe meditar en esta idea. Si el Señor ha establecido que el que pide recibe, resulta obvio pensar entonces, que el que pide, recibirá lo que pide.
De modo que lo que uno pide debiera ser cuidadosamente considerado.
No obstante lo anterior, no debemos confundirnos. Dios no es el genio de la lámpara obligado a concedernos los 3 deseos. El es el Señor y es definitivamente soberano determinando qué cosas nos concede y en cuáles se reserva el derecho a no responder.
Considerando lo anteriormente señalado, no es extraño concluir que lo que uno tiene, viene a ser el resultado de lo que uno pide y en esa dinámica de pensamiento, uno pide lo que uno escoge, lo que uno quiere.
Siguiente esta especie de silogismo llegamos a la conclusión de que uno tiene lo que de algún modo uno a pedido tener.
Creo que esto tiene bastante sentido y aplicación, al echar una mirada alrededor.
Es raro, además de ilógico pensar que podré cosechar sandías si estoy sembrando tomates.
Un buen matrimonio, por ejemplo, no se obtiene por casualidad. Una pareja que está a punto de romper, no llega a estabilizarse sólo por orar. Yo debo orar (pedir por) tener un buen matrimonio, pero la oración debe ir acompañada de disposición y trabajo, y por cierto nunca llegaré a trabajar por tener un buen matrimonio si primero no lo deseo sinceramente.
La verdad es que pedir no cuesta nada, por eso a nadie le cuesta pedir. Pero debemos aprender que en el Señor hay que pedir con sabiduría, con convicción y que en muchos casos (si no en todos) las personas terminan de alguna manera recibiendo lo que querían en el fondo de su ser.
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Hechos 8:30-31 “Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees? Él dijo: ¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él”.
Muchas veces he mencionado que el principal problema del hombre o mujer (creyente, devoto) no es tanto llegar a conocer la voluntad de Su Señor, sino dejarse mover por esa voluntad.
Hay un abismo entre saber lo que la biblia dice y entenderlo.
Muchas persona podemos recitar textos de la escritura y luego sentirnos totalmente confundidos por circunstancias adversas que tenían perfecta respuesta en los versículos memorizados.
Cuanta gente dice “yo leo la biblia”, pero no la entienden.
Es que no se trata solo de leerla. Entender lo que uno lee es más importante todavía, es realmente indispensable.
Felipe preguntó al eunuco si entendía lo que leía. Aquí tenemos un excelente ejemplo de uno que tiene disposición para Dios pero que necesita un empujón para hacer la voluntad de Dios.
El eunuco honestamente explicó que sin alguien que le explicase, difícilmente podría entender lo que leía.
Es genial encontrarse con personas así. Gente que lo único que está esperando es “la invitación a ser parte de”.
Como los obreros de la hora undécima, estaban desocupados en la plaza, y argumentaron que estaban ahí porque nadie les había contratado. Estaban disponibles, esperando la invitación.
¡¡Qué gran llamado de atención a quienes tenemos la responsabilidad de testificar de esta gran salvación!!
Esto hace recordar las palabras de Pablo “¿Cómo oirán si nadie les predica?”
A veces damos por sentado que las personas entienden las cosas de Dios. ¡¡Nada más lejos de la realidad!!
Son millares los que tal vez teniendo la voluntad dispuesta, no pueden ir más allá, porque les falta esa mano amiga, ese empujón amable, que les permita salir de su inercia y comenzar a transitar por el camino de la salvación.
Por supuesto, también hay quienes no quieren nada con el Señor. Sin importar con cuanto amor, o pasión uno se disponga a ser un puente entre ellos y el Señor, su postura es siempre negativa y reticente.
Pero no todos son así. Y por aquellos que están dispuestos, vale la pena esforzarse.
Felipe fue llevado por el Señor a este eunuco. Uno podría pensar: “es solo una persona, que más da”. Pero a Dios le importa esa única persona.
Derechamente creo que debemos replantearnos la relevancia de nuestra participación en el propósito de Dios, porque si uno analiza la escritura con detención, se dará cuenta que hay algunos que están esperando el llamado, y ¿quién sabe si el instrumento escogido por Dios para ello eres tú?
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Lucas 12:19-20 “Y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?”
A las personas nos gusta sentir que tenemos el control. Nos sentimos cómodos cuando podemos manejar las variables de las cosas.
En verdad, uno de los deseos más profundamente guardados (y menos ventilados) de las personas, es poder manejar sus vidas.
Nos encanta la idea de poder hacer lo queramos y que todo vaya en línea con lo que planificamos.
Este gran deseo de tener todo bajo nuestro control, explica el por qué nos descolocamos tanto cuando aparecen cosas que no estaban en nuestros libros.
Sabemos que existen imponderables, me refiero a esas variables que escapan absolutamente a nuestra capacidad de anticipación, predicción o planificación, pero frente a ello, nos consolamos pensando que no podríamos ser tan desafortunados como para que justo pase, lo único que no quisiéramos que ocurra.
Insólitamente, en más de alguna ocasión, eso es exactamente lo que sucede y nos pone el mundo ¡¡patas arriba!!
Seguramente esto no es algo extraño para ti.
Debió ocurrirte en algún momento de la vida lo que entiendo denominan como la ley de Murphy. Justo aquello que no debía pasar, pasó y no lo pudimos remediar.
Pero yo no atribuiría a ese tal Murphy ningún crédito por ello. Estoy seguro que es Dios quien siempre está detrás de todo lo que nos sucede.
Desde luego es más sencillo vivir una vida superficial que una de análisis. Pero el análisis es el eslabón perdido de la vida cristiana victoriosa y si analizamos con calma, siempre podremos ver más de lo que creíamos posible.
En innumerables ocasiones, los detalles más importantes se nos pierden de vista porque no analizamos, vivimos apurados, realizando diversas tareas, cumpliendo metas y al final terminamos perdiendo lo más valioso de hacer, que es disfrutar lo que hacemos.
Dios me ha dado una fuerte inquietud en este aspecto. ¡¡Cuán poco practicamos el arte de meditar en Dios, en Su palabra!!
Deberíamos meditar aún en Su voluntad una vez que la conocemos.
Viviendo tan apurados no es raro que algo se nos escape de las manos en nuestro tiempo de planificación.
Ciertamente nunca podremos llegar a presumir de tener todo bajo control porque no es capacidad nuestra que así suceda, pero en el escenario humano, seguramente evitaremos muchos malos ratos si dedicamos más tiempo a la meditación en la palabra de Dios, a pasar tiempo en comunión con el Señor y luego echar mano a la planificación.
Meditar en el Señor, nos enseñará (entre michas otras cosas), la gran lección de “quitar el pie del acelerador”.
Eso no librará de muchas dificultades.
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